CÑ 16 - La Virgen de la Soledad

Fuente: Distrito de España y Portugal

Carta a los niños 16 | La Virgen de la Soledad

Queridos niños:

Este sábado santo, a diferencia de los otros años, se parece mucho más al sábado santo de hace 2020 años atrás. Hoy en día nadie puede salir de nuestras casas, porque estamos encerrados. En las calles y ciudades hay mucho silencio. Hace 2020 años, en Jerusalén, la ley de los judíos mandaba que el sábado nadie saliera de sus casas para trabajar. También había mucho silencio en aquella ciudad.

Pero el silencio de Jerusalén es un “silencio de muerte” (parecido al de estos tiempos), porque el Hijo de Dios ayer murió y su sagrado Cuerpo, todo lastimado, está descansando en el sepulcro.

En aquella ciudad de Jerusalén, estaban todos pensando en el acontecimiento de ayer. Los sacerdotes de los judíos ponen una guardia para custodiar el sepulcro de Nuestro Señor. Los discípulos de Jesús están encerrados con miedo de los judíos, y desconcertados por la muerte de su Maestro. Las mujeres piadosas que acompañaban al Mesías, sólo piensan que a la mañana del día siguiente, deben ir a ungir el cuerpo de un “muerto”. Parece que la FE ha desaparecido, se ha extinguido.

Sin embargo, toda la fe de la Iglesia se encuentra en un solo corazón: en el de la Virgen María. ¿Qué pensaba la Virgen en aquella Jerusalén? ¿Qué hizo en un día como hoy? Seguramente estuvo encerrada (como nosotros) sin ver a nadie, pero muy triste y dolida. Recordaba todos los acontecimientos del día de ayer, hasta en sus mínimos detalles. Se acordaba de todo lo que había vivido con su querido Hijo, desde la Encarnación, el nacimiento, la vida oculta en Nazaret, hasta la vida pública y los trágicos sucesos de ayer. Pensaba cuán grande era la malicia del pecado. Rezaba por todos sus hijos: primero, por los apóstoles, las columnas de la Iglesia, que parecían derrumbarse; luego, por todos los demás hijos suyos (entre los que estamos nosotros), para que aprovechen esa sangre derramada ayer.

Pero también su corazón “esperaba”. Ella era la única que sabía que su Hijo Jesús, es verdadero Dios, dueño de la vida y de la muerte. Mientras en los demás la fe se perdía o casi estaba por desaparecer, en la Virgen esa fe estaba intacta. Ella era la única que esperaba la resurrección de su divino Hijo. Y es por eso que toda la fe de la Iglesia se encontraba en su doloroso corazón ¡tan grande era su fe!

Aprovechemos este día de “encierro” para consolar el corazón de la Virgen María. Y pidamos a nuestra Madre que nos dé un gran dolor de los pecados, y sobre todo, que aumente nuestra fe en Nuestro Señor Jesucristo. Vivimos en un mundo donde hay poca fe, muy pocos creen en que Nuestro Señor Jesucristo es Dios. Agradezcámosle a Dios que nos haya dado la fe. Pidamos que nos la aumente y que nunca la abandonemos, sino al contrario, que sea fuerte y firme como la de la Virgen.

¡Recemos el santo rosario con mayor devoción, pensando en cuánto sufrió la Virgen, y pidamos por todos aquellos que no tienen fe, para que se conviertan!